En julio de 2026, en una entrevista de 85 minutos con Zanny Minton Beddoes grabada en la gigafactoría de Tesla y publicada por The Economist, Elon Musk volvió sobre su profecía favorita: I think work is going to be optional, el trabajo va a ser opcional. Y esta vez le puso fecha al resto: money won't matter in 2036, el dinero no va a importar en 2036. Todo eso, aclaró, si no hay una tercera guerra mundial en el medio.

Me causó mucha impresión, no sólo por lo alejado de la realidad que me pareció, sino porque en la misma conversación Musk estimó que hay entre 10% y 20% de probabilidad de que los robots asesinos terminen con la humanidad, y calculó que la IA va a superar la suma de la inteligencia humana en unos cinco años. Diez o veinte por ciento es un riesgo que nadie aceptaría para subirse a un avión, y a él no lo hace dudar ni un minuto. Es la misma persona que propone, para el día después, un universal high income pagado con cheques del Tesoro. Beddoes le hizo la pregunta correcta: qué pasa con la gente que se queda sin trabajo antes de que ese sistema de reparto exista.

Y hay algo más simple que sus intenciones: la distancia entre lo que dice y lo que hace. Si el dinero deja de importar en 2036, no se entiende la urgencia por acumularlo hoy. Musk es el hombre más rico del mundo, con un patrimonio que Forbes medía en 872.000 millones de dólares a mediados de julio de 2026, y con la salida a bolsa de SpaceX, el 12 de junio, se convirtió en el primer billonario de la historia: su fortuna tocó los 1,1 billones antes de replegarse. Tampoco se entiende por qué esa fortuna, que él mismo da por transitoria, no se destina hoy a los 673 millones de personas que pasan hambre. Este tema me toca los nervios y me pone verborrágico, así que voy a tratar de tranquilizarme y analizarlo ordenadamente. Mi tesis es esta: la IA está resolviendo, en su mayor parte, problemas que no existen, mientras la forma en que se financia y se alimenta agrava los dos que sí tenemos.

El boom de la IA

Cada tanto el ser humano hace algo sorprendente que va a cambiar la vida para siempre. Y es verdad, la cambia. Pero tendemos a ser demasiado optimistas y a imaginar que cualquier avance nos va a convertir en una sociedad desarrollada y perfecta. Nuestra imaginación del resultado es sesgada, y por eso aparecen los booms: momentos en los que apostamos todo lo que tenemos a esa cosa que nos va a salvar. Los ferrocarriles británicos de 1840 iban a integrar el país y terminaron en una burbuja que arruinó a miles de ahorristas, aunque las vías quedaron. Las puntocom iban a reinventar el comercio, reventaron en 2000 y dejaron tendida la fibra óptica. La tecnología puede servir y, al mismo tiempo, dejar una burbuja enorme detrás. Y de ahí salen ganadores y perdedores, como siempre, los más débiles pierden.

Además apostamos fuerte porque las alternativas se ven pésimas: los mercados se estancan y el mundo grita cada vez más fuerte que este modelo está muerto. La IA se presenta como el avance que descifró cómo aprender tareas complejas, y cada salto de capacidad exige una innovación importante en memoria, atención y razonamiento, pero también un consumo cada vez mayor de energía, centros de datos y materiales. Es el mayor boom que vio el capitalismo tecnológico, y la escala del gasto lo muestra: sólo Amazon, Microsoft, Alphabet y Meta planean invertir alrededor de 725.000 millones de dólares en 2026, frente a poco más de 200.000 millones en 2024.

Son numerosas las tareas que puede hacer, y eso hizo explotar la creación de aplicaciones y soluciones en casi todos los rubros, generando cada vez más consumo y más necesidades. Con un buen marketing podés armar una empresa y probablemente hacer resultados. El verdadero negocio está en sostener el consumo durante unos años más, inventar nuevas necesidades y abrir otra vía de acumulación de capital.

¿Para qué sirve la IA?

No soy negacionista de la IA. Es más: soy economista y programador, y la uso bastante para mis proyectos y mi trabajo, siempre acompañada de una buena ética. Lo que sí veo es que buena parte de lo que se construye resuelve problemas que no existen.

El dato más incómodo para el entusiasmo viene del propio mundo corporativo: un informe del MIT sobre adopción empresarial encontró que el 95% de los pilotos de IA generativa no produjo ningún impacto medible en los resultados, pese a entre 30.000 y 40.000 millones de dólares invertidos. Conviene tomarlo con pinzas: el estudio define el éxito de forma estrecha, trabaja con una muestra chica y recibió críticas metodológicas serias. Pero incluso descontando eso, la distancia entre la promesa y el retorno es difícil de ignorar.

Los dos problemas más grandes que tenemos como sociedad son, para mí, la pobreza y el cambio climático. La IA no está resolviendo ninguno de los dos. Y la manera en que se financia y se alimenta los está empujando en la dirección contraria.

IA y pobreza

Los números de base: en 2025 había alrededor de 808 millones de personas en pobreza extrema, casi una de cada diez en el mundo. Ese número saltó respecto de estimaciones anteriores no porque el mundo se haya empobrecido de golpe, sino porque el Banco Mundial subió la línea internacional de pobreza de 2,15 a 3,00 dólares diarios en paridad de poder adquisitivo de 2021. En hambre, 673 millones de personas subalimentadas en 2024 y 2.300 millones con inseguridad alimentaria moderada o grave; en África son 307 millones, más del 20% de la población.

Mientras tanto, la ayuda oficial al desarrollo cayó 23,3% en 2025, el mayor desplome registrado, hasta 174.300 millones de dólares. Estados Unidos explica tres cuartos de esa caída, con un recorte del 56,9%. Para 2026 se proyecta otro 6,9% menos, y más de un 11% menos para el África subsahariana.

Ahí está el contraste que me parece decisivo. Cuatro empresas van a gastar en un solo año más de cuatro veces todo lo que el planeta destina a ayuda al desarrollo. No es que ese dinero se le saque a los pobres de forma directa: es que revela una prioridad. Tenemos capital, energía y talento de sobra para movilizar a una escala enorme, y elegimos moverlos hacia otro lado.

A eso se suma el efecto sobre la desigualdad. El FMI estima que cerca del 40% del empleo mundial está expuesto a la IA, pero el reparto es desigual: 60% en las economías avanzadas, 40% en los mercados emergentes y 26% en los países de bajos ingresos. Su conclusión es que la IA probablemente agrave la desigualdad global, justamente porque los países más pobres no tienen la infraestructura ni las capacidades para capturar los beneficios, y sí van a recibir los costos. Musk tiene una respuesta para eso, y es reveladora: propone que el Tesoro emita cheques. El Tesoro de Estados Unidos. Una solución que Argentina ya probó y que en España ni siquiera es una decisión propia, porque el euro no se decide en Madrid. La abundancia que promete es planetaria; el mecanismo con el que piensa repartirla llega hasta la frontera.

IA y medio ambiente

Acá los datos son menos ambiguos. Según la Agencia Internacional de Energía, el consumo eléctrico de los centros de datos pasa de unos 415 TWh en 2024 a cerca de 945 TWh en 2030: más que todo el consumo eléctrico de Japón hoy, y alrededor del 3% de la demanda mundial. Los centros dedicados a IA triplican su consumo en ese período, y la proyección a 2035 llega a unos 1.200 TWh.

Eso ya se ve en los balances de las propias empresas. Las emisiones de Microsoft subieron 29% desde 2020, y sólo en 2025 crecieron otro 25% por la construcción de centros de datos optimizados para IA. Google reportó un aumento del 48% desde 2019 y dejó de sostener su neutralidad de carbono operativa.

También hay un costo en agua. Los centros de datos de Estados Unidos consumían 21.200 millones de litros en 2014 y 66.000 millones en 2023, y las proyecciones para 2030 van de 731.000 a más de 1.100.000 millones de litros anuales.

Y hay un costo que paga el usuario común. La electricidad residencial en Estados Unidos subió cerca del 42% en cinco años, y Goldman Sachs proyecta un 6% adicional hasta 2027. Es justo aclarar que la causalidad está disputada: hay trabajos que no encuentran una relación estadística sólida entre la cantidad de centros de datos y el precio de la electricidad en cada estado. Pero la discusión es sobre cuánto, no sobre la dirección.

Todo esto ocurre mientras el horizonte climático empeora. El informe Emissions Gap 2025 del PNUMA proyecta un calentamiento de 2,3 a 2,5 °C para 2100 con las promesas actuales, y de 2,8 °C con las políticas efectivamente vigentes. Superar el umbral de 1,5 °C es muy probable dentro de esta década.

Hay además un techo del que casi no se habla. La promesa de abundancia supone que producir más es cuestión de poner más máquinas, y con lo más básico eso no funciona: lo que limita la producción de alimentos no es la falta de manos, sino la tierra fértil, el agua y el clima. La superficie cultivable apenas puede crecer y casi todo el aumento de producción tiene que salir de intensificar lo que ya se cultiva. Un robot no fabrica hectáreas. Con la energía el problema tampoco es que las renovables no funcionen, sino que su despliegue, que debería estar apagando centrales viejas, se lo come la demanda nueva: según la AIE, la generación a gas crece 2,6% por año hasta 2030 y el carbón se mantuvo prácticamente plano en 2025. Y cada máquina fabricada termina sumándose a los 2.100 millones de toneladas de basura que ya generamos por año, camino a 3.800 millones en 2050. Puestas así las cosas, lo que este boom deja no es abundancia: es desvío de recursos, más calentamiento y más concentración de capital. Los beneficios para el sistema como un todo, si llegan, van a ser secundarios.

La IA como juguete distractor: no sabemos vivir tranquilos

Los booms terminan. Cuando este termine, no vamos a despertarnos en 2036 en el mundo sin trabajo ni dinero que promete Musk. Vamos a despertarnos con contratos de energía firmados a veinte años, capacidad de cómputo instalada que alguien tiene que pagar, deuda corporativa, y exactamente los mismos 808 millones de personas en pobreza extrema, salvo que sean más.

Quizás quede algo útil, como quedaron las vías y la fibra óptica. Ojalá. Pero lo que me preocupa no es la tecnología: es la capacidad que tenemos de mirar para otro lado durante una década entera, siempre que haya algo brillante en la pantalla. No sabemos vivir tranquilos, y no toleramos la idea de que los problemas reales se resuelven despacio, con política, con plata puesta donde duele y sin ninguna épica.

Elon Musk pasa demasiado tiempo en X y poco tiempo leyendo periódicos o mirando por la ventana.

Fuentes