La dificultad de cuestionar nuestras propias ideas

La especie humana se destacó históricamente por su ego. Esto lo podemos ver en la rigidez de su pensamiento y su autoconvencimiento de que este es el único correcto y todo lo demás está equivocado. Esto también se conoce como sesgo de confirmación: tender a considerar correcta o superior una idea y buscar razones que la respalden, sin probar alternativas de una forma seria.

Pongámonos a pensar por un momento en las personas que nos rodean, profesores, padres, amigos. Seguramente podremos categorizar el pensamiento que cada uno de ellos tiene. Algunos serán de izquierda, otros de derecha, algunos pensarán que el cambio climático es real, otros que es irreal. Las redes sociales profundizan este sesgo de confirmación al mostrarnos lo que queremos escuchar, un mecanismo que ya miramos de cerca en Argentina, racismo e identidad.

El problema aparece cuando esa misma rigidez no se limita a opiniones personales, sino que alcanza nuestra forma de construir la historia, el progreso y la organización de la sociedad.

¿Ha progresado la humanidad?

Hay un supuesto conocimiento colectivo acumulado que se conoce como historia. Nos dice que han pasado muchas cosas y que hoy en día estamos mejor que nunca: tenemos medicina moderna, universidades y escuelas, y hasta hemos creado la inteligencia artificial. ¡Qué increíbles somos!

El párrafo anterior probablemente tiene sentido si lo lee una persona que vive en un país del “primer mundo”: los de ingreso alto, donde vive el 17% de la población mundial (Banco Mundial). Para el otro 83% no solo el párrafo es falso, sino que la realidad es exactamente lo opuesto. Para millones de personas, el acceso a la medicina, la educación o incluso a necesidades básicas sigue estando lejos de ser una realidad cotidiana. Si el progreso solo describe la experiencia de una parte de la humanidad, ¿de qué estamos hablando?

El humano tiende a pensar que está en su mejor momento, que somos una civilización ultradesarrollada y que vamos a encontrar una solución a cualquier problema que se nos presente. Detengámonos un momento para pensar lo insólito que es esto, si hemos creado un sistema en el que solo el 17% de los humanos vive “cómodamente”, y el 10% de la población concentra tres cuartas partes de la riqueza mundial mientras la mitad más pobre tiene el 2% (World Inequality Report 2026). ¿Ha progresado la humanidad? ¿O solo la tecnología?

El mal necesario

Luego de esta introducción, la mayoría de los economistas como yo ya está pensando en los argumentos a favor del capitalismo: “es la mejor alternativa”, “se ha probado el comunismo y no ha funcionado, mira la evidencia empírica”, “qué otra alternativa propones”. Esto es un claro ejemplo de sesgo de confirmación: buscamos dos o tres eventos que han salido mal en el pasado (como si además fuera una muestra estadísticamente suficiente) y creamos modelos –todos muy simplistas y acompañados de supuestos alejados de la realidad– que nos confirman matemáticamente que convergeremos a una situación ideal.

Hemos creado algunas instituciones que han marcado el camino, y nos hemos aferrado a ese sistema porque nos ha traído algunas soluciones en el siglo XX y XXI, así como muchos problemas.

Propiedad, exclusión y derecho a habitar

La principal característica que hemos adoptado es la propiedad privada. Hemos decidido que es primordial que toda la tierra tenga un propietario, y que en muchos casos esta propiedad no tenga límite.

Como especie hemos creado un sistema que deja a personas en la calle, y estas personas tienen prohibido ir a un terreno desocupado como un monte o un bosque y construir un lugar para vivir.

El problema no es únicamente que exista propiedad privada, sino que el derecho de propiedad pueda prevalecer de forma casi absoluta frente a necesidades humanas básicas como habitar, alimentarse o acceder a la tierra.

Omito en este párrafo la extensa discusión de la necesidad de vivir en ciudades, que es aún peor.

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Por otro lado, hemos creado la sociedad del consumo. Consumimos masivamente prendas de vestir, aparatos electrónicos, comida chatarra y ultraprocesada, viajes low cost, y vivimos con excesivos estímulos en base a todo este consumo.

El consumo humano genera 2.100 millones de toneladas de residuos sólidos municipales al año, que van camino a 3.800 millones en 2050 (PNUMA), y 57.700 millones de toneladas de gases de efecto invernadero medidas en CO2 equivalente, un récord del que los países del G20 producen el 77% (Emissions Gap Report 2025).

¿Es necesario este nivel de consumo para que el capitalismo “funcione”?

Mi hipótesis es que sí. Para pagar el interés del capital y las ganancias financieras que exige el modelo capitalista actual, se necesita de un consumo insólito y/o de un deterioro del poder adquisitivo real de las personas. Sin consumo y crecimiento, aparecen dificultades para sostener beneficios, inversiones, empleo y pago de deudas.

Hay muchas direcciones de mejora

Esta nota es introductoria a una serie de análisis, por eso no planteo una solución. Es más, ni siquiera propongo por ahora modificar el modelo o cambiarlo por otro, está demasiado incrustado en nuestra forma de vida. Esto es una reflexión y una invitación a pensar en qué otras formas de convivir podríamos construir.

Queremos tener comida, tecnología y medicina. ¿La única forma de tener esto es con un modelo hiperconsumista? Yo pienso que hemos tomado uno de los peores caminos posibles, y eso habla de los defectos de la especie humana. Nos encargamos de arrasar con todas las formas alternativas de vivir, producir y relacionarse. Para mejorar, necesitamos primero entender que este sistema no es natural, inevitable, ni imposible de mejorar.