El otro día hablaba con mi compañera de piso sobre cómo solo existen dos verdades absolutas, dos cosas que son ciertas al 100 %: todos nacemos y todos morimos. El resto de las “verdades” son debatibles. Podemos elegir creerlas o no. Pero, en cierto porcentaje, son subjetivas, moldeadas por nuestras vivencias, la manipulación de la información histórica y muchísimas otras razones. Me argumentó que una tercera verdad absoluta era que, si no comemos, morimos. Lo que me llevó a contarle la siguiente historia.
Tiempo atrás, en Buenos Aires, conocí a un yogui de la India que llevaba años recorriendo Latinoamérica a pie. Afirmaba que no había ingerido ningún alimento en diez años y que se nutría del prana. Obviamente, como orgulloso escéptico que soy, no le creí. Pero se quedó los siguientes tres días en mi casa y no lo vi comer ni beber nada. Tengo que decir, no muy orgulloso, que fui víctima de mi propia curiosidad y lo espié en varias ocasiones, pero fue lo mismo. Claro que esto no quiere decir nada. Está la posibilidad de que, a escondidas, en el baño se esté zampando chocolates. Pero no lo vi. Mi compañera, escéptica igual que yo, al escuchar la historia lo tildó de farsante. A lo que argumenté lo siguiente.
Cuando digo que no hay verdad absoluta más allá de nacer y morir, no afirmo que crea que el yogui vivía del prana. Lo que sostengo es que, al conocerlo, esa supuesta certeza biológica pasó del 100 % al 99 %. Afirmar algo con total rotundidad requiere una omnisciencia que ningún ser humano posee. Al final, mantener ese mínimo margen de duda es lo único que nos separa del dogma y nos convierte en verdaderos escépticos. De ese 1 % restante es de lo que trata este blog.