La forma en que nos relacionamos con una película, con un libro, con una canción, está siempre condicionada por el contexto en que ocurre esa relación. No es lo mismo ver una película en un cine después de una cena larga con una buena charla, que verla en un avión con alguien roncando al lado y con miedo de reír demasiado fuerte. La experiencia nunca ocurre aislada: siempre estamos nosotros, el lugar, el momento y todas las circunstancias que acompañan ese encuentro.
Por eso, el día que fui a ver La Odisea me pareció interesante que, para llegar al cine donde la vi, tuve una pequeña, pequeñísima odisea.
Salir de casa, perder la SUBE, volver, recordar a medio camino que podía pagar con el celular, perder un colectivo, cambiar de ruta, atravesar la ciudad, correr en el sentido equivocado, girar, descubrir que no podía pasar tres horas sin comer después de no haber desayunado, comprar algo de comida, esperar a que el celular cargara, mirar a la cajera con miedo y, finalmente, sentir alivio cuando el pago se aprobó. Entrar a la sala y reencontrarme con una especie de hogar al que hacía mucho no veía: el cine.
El viaje fue largo porque tuve que ir al único cine IMAX de la ciudad donde vivo. Aunque lleva la marca IMAX, no es un IMAX «real»: la pantalla es más pequeña y no proyecta la película en el formato completo que sí ofrecen las salas IMAX nativas. Aun así, la diferencia con una sala convencional se nota y la experiencia sigue siendo mucho más inmersiva.
En los últimos días, el debate sobre el clasismo detrás de las decisiones de formato y exhibición de Christopher Nolan ha ocupado buena parte de la conversación en redes y medios.
La Odisea comenzó.
Durante los primeros minutos no conseguí entrar en la ficción.
Pero no era la película. Era mi propia dificultad para silenciar mis pensamientos. Mientras la historia avanza, mi cabeza sigue produciendo reflexiones aleatorias, preguntas e ideas que compiten constantemente con lo que ocurre en la pantalla. Claro que los arranques sólidos suelen disipar esa distancia inicial; una historia que encuentra rápidamente su ritmo puede obligarme a dejar de lado esas voces internas. Pero este no era el caso.
Mientras intentaba concentrarme, mi mente hacía lo contrario: se iba hacia todos lados. Debido a la enorme cantidad de veces que miré el reloj en el trayecto para asegurarme de llegar antes de que iniciara la función, una vez iniciada empecé a pensar en la medición del tiempo en la antigüedad; pero también en todos los videos y textos que había leído durante los últimos días sobre esta película: en que era la primera en la historia en ser filmada enteramente con cámaras IMAX; en las formas en que encontraron nuevas maneras de posicionar a los actores para filmar con estos grandes aparatos; en las entrevistas de Nolan donde hablaba sobre el montaje, el tratamiento de color, la edición del sonido. Pensaba también en esta nueva tendencia de los entrevistadores de buscar hacer la pregunta más exorbitantemente rebuscada y profunda posible; en los actores como encargados del marketing respondiendo esas preguntas.
Callar todas esas voces e imágenes mentales me costó unos buenos cinco minutos.
La historia como trámite antes de la grandeza
Y después apareció otra voz: mi propia prepotencia de guionista, esa que cree que podría hacerlo mejor que quien escribió. Esa parte de mí empezó a sentir cierto hartazgo por el exceso de diálogo expositivo que hay en las primeras secuencias de la película.
El diálogo expositivo es, como yo lo entiendo, cuando un personaje explica cosas que no tienen otra función más que poner al audiovidente en contexto de forma abrupta. Sin poesía, sin subtexto, sin dialéctica.
El mayor problema de este recurso es que le quita al espectador la posibilidad de ser parte de la narrativa.
La Odisea es una historia con miles de años; una obra que ha sido traducida a diferentes idiomas artísticos, transformada, reinterpretada, modificada y transfigurada de mil formas. Sin embargo, no podemos dar por sentado que el público la conoce. Pero, pienso desde esa prepotencia de guionista, tampoco podemos pretender informar a los audiovidentes de los cimientos principales de una historia explicándoselos abruptamente, como quitando eso del paso para llegar a aquello que queremos complejizar.
Esto me hizo pensar también en una entrevista que vi antes de la película. En ella le preguntaban a Tom Holland qué historia consideraba necesario seguir contando. Él respondió que para él era importante continuar replicando la idea de la «ley de Zeus»: un pensamiento según el cual toda persona podría ser un dios y, por ende, siempre debemos tratar a los extraños con respeto y humildad, ofrecerles comida o un techo si tocan a nuestra puerta.
Recuerdo que cuando vi esa entrevista pensé: «Qué interesante que un actor como Holland, al trabajar su personaje, haya integrado una ideología que subyace al texto de una forma tan profunda».
Sin embargo, cuando vi la película, me percaté de que era imposible que no tuvieran esa idea presente, porque la frase «ley de Zeus» se repite por lo menos veinte veces a lo largo de la narración. Incluso la propia ley termina siendo víctima del diálogo expositivo: desde el arranque nos explican de forma explícita qué significa, cómo funciona y cuáles son sus implicaciones.
Por suerte llegó el segundo acto, y el diálogo expositivo se fue disipando.
Medir dónde está el límite y dibujar alrededor de él
Christopher Nolan nunca ha sido uno de mis directores preferidos. Memento, Batman: El caballero de la noche y un diálogo de El origen son probablemente lo más memorable que me dejó. Interestelar es la película favorita de una de las personas que más amo en el mundo (mi prima), y le tengo cierto cariño por eso. Sus películas pocas veces me han interpelado, pero con frecuencia me han impresionado. Quizá por eso percibo a Nolan como un cineasta cuya búsqueda se orienta más hacia la expansión tecnológica del medio que hacia la exploración de su lenguaje interno.
Reconozco la magnitud de sus ambiciones. Basta pensar en la colaboración con el físico Kip Thorne para representar el agujero negro Gargantúa en Interestelar: el modelo desarrollado alcanzó tal nivel de precisión que dio origen a una publicación científica sobre el comportamiento de la luz alrededor de los agujeros negros.
No me interesa negar esa búsqueda de grandeza ni la capacidad técnica que sostiene sus películas. Lo que me genera distancia es la manera en que esa misma aspiración termina organizando toda su obra. Eso, sumado a su insistencia en explorar los grandes conflictos humanos —casi siempre encarnados en un hombre blanco consumido por sus propias obsesiones—, convierte la experiencia cinematográfica en un espectáculo de enorme intensidad formal. Desde mi punto de vista, esa acumulación de grandilocuencia termina funcionando como una sinfonía ruidosa y deslumbrante que, en lugar de abrir un espacio para el encuentro con la película, le cierra la puerta al espectador.
O por lo menos eso ocurrió con esta espectadora.
He hablado con personas que amaron la película. He hablado con personas que la detestaron. Yo no pertenezco a ninguno de esos grupos. Pertenezco a ese lugar en el que, más que una historia, sentí que estaba frente a un ejercicio de medición ajeno: el constante intento de medir dónde está el límite y dibujar alrededor de él.
Cuando era chica, un músico me dijo: «Lo que no me gusta del guitarrista de Dream Theater es que se preocupa más por ser percibido como el más virtuoso que por conectar con su música».
Esa abstracción me ha ayudado más a analizar obras de arte que otras herramientas, incluso más sofisticadas, que me mostraron en la universidad. Y creo que Nolan entra en ese subgénero de artistas.
Entre el azul del mar y el ruido de la industria
De la película, me quedó la belleza de los azules que lograron proyectar como el mar. La sensación de estar viendo un barco real. La representación del cíclope. La secuencia de las sirenas. El ya viral grito de Penélope/Anne Hathaway diciendo «quiero a Odiseo». La reflexión final de Odiseo/Matt Damon. El montaje del corte de cabeza de Atenea/Zendaya. Sí, esos fueron algunos de mis momentos favoritos.
Pero así como hubo cosas que disfruté, también hubo decisiones que me alejaron de la película. Me costó mucho digerir y disfrutar la actuación de Robert Pattinson, que me parecía anacrónica, grotesca, camp, en un tono que me resultaba desencajado. También la actuación de Charlize Theron, a quien no le creí ni por un segundo su amor ni el desarrollo de la narrativa alrededor de la confusión en la memoria de Odiseo.
Me costaron las breves y siempre crípticas participaciones —casualmente femeninas— de Atenea/Zendaya y Helena/Lupita Nyong’o.
Me desencantó la secuencia de los lestrigones, una de esas escenas que duelen porque permiten percibir el potencial que tenían, pero cuyas decisiones de encuadre, ritmo y montaje terminaron por devastarla.
También pensé en los momentos de voz en off que, si bien eran elecciones del montaje sonoro para unir una secuencia con la siguiente, muchas veces caían nuevamente en ese diálogo expositivo. En esa sensación de estar, por momentos, frente a una película histórica y, en otros, frente a una producción de Marvel posterior a 2018.
Me inquietó encontrar, una y otra vez, las huellas de ese sistema de estrellas que moldea nuestras dinámicas de consumo a gran escala.
También esos rostros que hablan de la contemporaneidad y de la industria de la cirugía plástica se sentían profundamente anacrónicos.
Tuve desencuentros con la banda sonora. Sí, sí, ya vi la entrevista donde explicaban que Nolan le pidió a Ludwig Göransson no usar una formación orquestal tradicional porque ese tipo de conjunto no existía en el periodo en el que transcurre la historia. Lo entiendo. Aun así, hubo momentos en los que me pareció sublime y otros en los que sentía que me iban a reventar los oídos.
Tampoco pude reconciliarme con la forma en que, para mí, se esterilizó una de las imágenes más potentes de La Odisea: la muerte de Argos, el perro de Odiseo, el único capaz de distinguirlo inmediatamente después de su regreso tras veinte años fuera de casa.
Argos lo reconoce por el olor, entiende que su dueño ha vuelto y, después de ese encuentro, muere. El tratamiento de toda esa subtrama me resultó vacío.
Pero, al mismo tiempo debo admitir que pocos segundos después de la muerte de Argos, la historia me atravesó el cuerpo; y se vio reflejado en las débiles y tímidas lágrimas que me salieron en esa misma escena, que aparecieron cuando Tom Holland —o quiero decir, Telémaco— comprende, a través de esa muerte, que la persona que tiene enfrente es realmente su padre.
La película no termina en la sala
La Odisea para mí ha sido una experiencia mental: pensar qué queda después del visionado. Seguramente haré un segundo y tal vez un tercer visionado, pero ya no en el cine. No quiero contribuir a enriquecer a un hombre que, sabiendo que el lugar donde iba a filmar era un territorio ocupado, decidió realizar parte del rodaje en el Sáhara Occidental, un territorio ocupado por Marruecos desde 1975.
Activistas y organizaciones saharauis acusaron al director de legitimar la ocupación marroquí y denunciaron que filmar en la región con autorización de las autoridades marroquíes invisibiliza la situación del pueblo saharaui y normaliza un conflicto aún sin resolver. Nolan no respondió públicamente a estas críticas. Me enteré de esto después de ver la película, como una capa más que complejiza la manera en que actualmente nos relacionamos con el cine, aunque, claro, no es una experiencia universal.
Y quizá aquí regreso al principio.
La forma en que nos relacionamos con una película siempre está condicionada por el contexto en el que ocurre esa relación. Al principio hablaba del viaje hacia el cine, del lugar físico desde donde miramos una obra. Pero después de pensar en la película, entendí que el contexto no termina cuando las luces se apagan. También está en la forma en que una película se produce, en los territorios donde se filma, en las decisiones que la rodean y en todo aquello que existe detrás de la imagen final.
En fin, si quieres seguir acompañándome en estos debates mentales donde indago en mis propias preguntas, mis ideas y las formas en que intento comprender una película, sigue leyendo este blog.