Dicen que Buenos Aires es una ciudad mágica, llena de teatros, música callejera, centros culturales, tango, fútbol, moscato, pizza y fainá. Como gran fanático de la palabra, siempre encontré esa magia en los bares de noche, donde los brebajes hacen su trabajo y destraban la lengua de la gente, para bien o para mal.
Hoy la desinformación y la locura convergen en una de esas personas.
En ese momento vivía en una casona de Palermo. Mi habitación tenía un balcón que daba a la calle y, justo debajo, estaba mi cervecería habitual. Eran las nueve de la noche del jueves. Salí al balcón a fumar y, antes de encender el cigarrillo, vi al Chipi, el cocinero de la cervecería, apoyado en un poste con un pucho en la mano. Levantó la cabeza y me dijo:
—Hay empanadas de boga con bechamel y nueces.
Bajé enseguida al bar: un lugar pequeño, oscuro, con una barra a la izquierda y Willy Crook sonando de fondo. Detrás de la barra estaba Chano, el dueño.
—¿Viniste a probar las empanadas de pescado?
Pedí dos (una de boga y una de verdura) y una pinta de IPA, que me sirvió en el momento. Después salí otra vez a fumar.
Estaba a punto de encender el cigarrillo cuando, desde la vereda de enfrente, una mujer se acercó saludando. Era Georgina, una trabajadora sexual que solía pararse en la puerta del telo.
—Hola, Erie. ¿Me convidás fuego?
Le di el encendedor.
—Hay empanadas de boga con bechamel y nueces, Gorgi —dijo el Chipi.
—¿Vos estás loco? Ni en pedo voy a comer pescado. Estoy trabajando. Además, todavía no enganché a ningún cliente.
Nos sonrió y se fue.
En ese momento estacionó un Renault 12. Se bajó un hombre de unos treinta y pico: muy petiso, empezando a quedarse pelado, ojos y dientes saltones, saco azul marino y jeans grises ajustados. Cruzó la calle y entró derecho al bar.
Chipi me vio seguirlo con la mirada.
—Le dicen el Barón. No importa si hacen cuarenta grados: siempre viene de saco.
—¿Siempre con el mismo?
—A veces usa uno verde.
Busqué el encendedor en el bolsillo y no estaba. Georgina se lo había llevado. Chipi tampoco tenía, así que entré a pedirle fuego a Chano. Cuando desapareció por la puerta de la cocina, escuché al Barón refunfuñar desde el extremo más oscuro de la barra.
—Te vi afuera hablando con el trava* de enfrente. Es por el agua de la canilla.
Giró el cuerpo y me clavó la mirada. Al notar mi expresión, desarrolló la idea.
—El gobierno está poniendo químicos en el agua. Uno, en particular, está feminizando a los hombres.
En ese momento volvió Chano con el encendedor.
—¿Qué está diciendo este ahora?
—Que el agua de la canilla feminiza a los hombres.
El Barón continuó.
—Hicieron unos estudios con unas ranas macho en un lago de Estados Unidos. Estaban tirando un químico al suministro de agua y eso las volvió gay. Hay políticos hablando de eso y concientizando a la sociedad.
Chano le cortó el hilo de pensamiento.
—Pero eso es en Estados Unidos. Acá llegan otros caños.
Me miró sonriendo.
El Barón subió el tono.
—¿No entienden? A ellos les conviene.
Le dio un trago a la cerveza. Un poco le quedó goteando de la comisura de la boca.
—Les conviene feminizar a los hombres. Si les sacás la testosterona, les sacás las ganas de resistirse a la opresión. Los volvés dóciles, fáciles de controlar, dependientes del sistema.
Esa última idea enervó mi sangre de estudiante progre.
—Entonces, según tu lógica, las mujeres son más manipulables, incapaces de resistirse a la opresión.
—Claro.
Miré a Chano.
—¿Este ignorante no vivió en Buenos Aires los últimos diez años?
El Barón se levantó furioso.
—¿Ignorante yo? Soy profesor de Bioquímica en la UBA.
—¿Sí? Y yo tengo un Nobel de Literatura.
En ese momento, Chano salió de la cocina con un plato de empanadas (no sé en qué momento había ido a buscarlas).
Tomé el plato. Sin decir una palabra más, subí a mi habitación, prendí la computadora y googleé ranas gay.
Y eso me llevó a la siguiente historia.
Alex Jones y las ranas
La teoría de las "ranas gay" se hizo famosa gracias a Alex Jones, un presentador de extrema derecha que afirmaba que el gobierno estadounidense estaba vertiendo químicos en el agua para "volver a las malditas ranas gay". El video se volvió viral por la intensidad con la que lo decía. Jones terminaría desacreditado por difundir numerosas teorías conspirativas, entre ellas la falsa afirmación de que la masacre de Sandy Hook había sido un montaje.
Deformando un estudio científico
Pero la historia no salió de la nada: deformaba un estudio científico real.
En 2002, el biólogo Tyrone Hayes publicó una investigación sobre los efectos de la atrazina en anfibios. Contratado inicialmente por Novartis (luego Syngenta), descubrió que el herbicida activaba una enzima que convertía testosterona en estrógeno. Como consecuencia, muchos machos sufrían una castración química —perdían el canto, reducían el tamaño testicular y dejaban de producir esperma— y alrededor de un 10 % desarrollaba tejido ovárico y podía producir estructuras reproductivas femeninas funcionales.
La empresa intentó frenar la publicación de los resultados. Hayes renunció, continuó la investigación por su cuenta y publicó sus hallazgos. Después, Syngenta emprendió una campaña para desacreditarlo: financió críticas, infiltró científicos en sus conferencias e incluso planeó manipular los resultados de búsqueda de Google para dañar su reputación.
El juicio de Syngenta
En 2012, varias ciudades estadounidenses demandaron a Syngenta por la contaminación del agua con atrazina. Durante el proceso judicial salieron a la luz documentos internos que confirmaban parte de esas maniobras. La empresa acordó pagar 105 millones de dólares para financiar sistemas de filtrado de agua, aunque nunca admitió responsabilidad legal. Hayes, en cambio, terminó reivindicado por la comunidad científica y continuó sus investigaciones.
La cruda realidad
Hasta el día de la fecha, a pesar de que se demostró su daño científicamente y que la Unión Europea prohibió su uso completamente, en Estados Unidos el uso de la Atrazina sigue siendo legal y se siguen vertiendo millones de kilos por año en campos de cultivo.
Ranas con rasgos intersexuales, un científico que se convierte en héroe y una empresa malvada. Realmente es una película de Gene Hackman.
En un arrebato de nobleza periodística y reafirmación del ego, descargué el estudio de Hayes, lo imprimí y bajé al bar a eliminar prejuicios e informar al público. Pero al llegar al bar vi al Barón saliendo con Georgina agarrada de su brazo. Ella me vio y se me acercó. —Perdón, me lo guardé —y me dio el encendedor. Ambos se subieron al Renault 12 y desaparecieron en la esquina. Saqué un pucho, intenté prenderlo pero la piedra del encendedor estaba rota.
*«trava» en el lunfardo argentino, reapropiado por el transfeminismo local como identidad política y de resistencia. Depende de quién lo use, es o no despectivo.