En el último tiempo vimos un aluvión de comentarios en redes alegando que Argentina es racista —como si algún país pudiese asegurar que él no lo es—. Especialmente después del Mundial se incrementó la observación: "¿Cómo puede ser que la selección argentina de fútbol no tenga un solo jugador negro? Esto no pasa en Francia, ni en Inglaterra, ni en Brasil." A eso suele agregársele, a modo de explicación histórica, una versión escalofriante: que los pocos afrodescendientes que hubo en el país fueron enviados como carne de cañón a la primera línea de las guerras del siglo XIX, un genocidio silencioso que habría "limpiado" al país de su población negra. Y como cierre, la comparación de siempre: "en —algún país europeo— esto no pasaría".
Vale la pena, antes de indignarse o de defenderse, mirar los datos. Porque hay una parte de esa historia que es cierta, otra que es una leyenda útil, y una tercera, que el genoma argentino deja bastante clara.
El genocidio que nunca fue (del todo)
Empecemos por lo que sí es verdad. Durante las guerras de la independencia y, sobre todo, durante la larguísima y sangrienta Guerra del Paraguay (1865-1870), hubo un reclutamiento desproporcionado de varones afrodescendientes y esclavizados, a quienes muchas veces se les prometía la libertad a cambio de tomar las armas —promesa que no siempre se cumplió—. Esto está documentado, la población afroargentina estuvo sobrerrepresentada en las líneas de combate de varias guerras del siglo XIX.
Ahora, lo que sí empieza a ser un mito —y esto lo señalan hoy historiadoras como Lea Geler o Magdalena Candioti, especialistas en la historia afroargentina— es que esas guerras, sumadas a las epidemias de fiebre amarilla de fines de siglo, alcancen para explicar una "desaparición" completa de la población negra del país. La fiebre amarilla no eligió víctimas por el color de piel: devastó a la población de Buenos Aires en general. Y la narrativa de la desaparición total tiene un problema de origen: la sostuvieron durante mucho tiempo los mismos sectores interesados en el relato de una Argentina blanca y europea, porque una población negra "extinguida por la guerra y la peste" es más cómoda de digerir que una población invisibilizada adrede y viva hasta hoy. No desaparecieron, nos mezclamos, y esos descendientes llevan ese linaje en su ADN aunque el apellido y el color de piel dominante no lo muestren a simple vista. La "desaparición" fue, sobre todo, un problema de historiografía y de censo, no de biología: durante décadas se dejó, directamente, de contar y de nombrar a quienes tenían ese origen, crimen del cual no se puede solo culpar al Estado argentino.
Lo que tu ADN sabe y la pantalla no dice
Acá aparece la respuesta genética al revuelo mundialista que engolosinó a tantos: que la Selección no tenga jugadores fenotípicamente negros no significa que el país no tenga ancestría africana. Significa que esa ancestría está repartida en dosis pequeñas dentro de un pool genético mucho más entrelazado, donde el aspecto físico dominante terminó siendo, por historia demográfica y no por biología pura, una mezcla de lo originario y lo europeo —los dos componentes más representados genéticamente en la población argentina—.
El trabajo más detallado que tenemos, el de Luisi y colegas (2020), genotipificó a 87 individuos de todo el país con más de 800.000 marcadores genéticos, y ahí aparecen los números concretos. La ancestría europea es, en promedio, la más representada a nivel país, y se reparte principalmente entre un componente ibérico y otro del sudeste de Europa/Italia, con bolsones de ancestría del norte y centro de Europa concentrados en Misiones —herencia de las colonias de inmigrantes polacos, alemanes, daneses y suecos de fines del siglo XIX—. La ancestría nativa americana, lejos de ser un bloque único, se divide en al menos cuatro linajes distintos: uno andino (más frecuente en el noroeste), otro del centro de Chile/Patagonia (dominante en el sur), otro de los bosques subtropicales y tropicales (más presente en el noreste), y un cuarto, recién identificado por este estudio, propio de la región de Cuyo, sin antecedentes en la literatura previa. Y la africana, aunque minoritaria —entre 2% y 5% en promedio—, aparece en la enorme mayoría de las muestras analizadas, con al menos tres orígenes: uno de África occidental, otro de influencia bantú (vinculado a Angola, el principal puerto de salida de esclavizados hacia el Río de la Plata según los registros históricos) y un tercero de África oriental que, en algunos individuos del norte argentino, llega a representar hasta el 30% de su ancestría africana total.
Vale aclarar algo antes de seguir: estos porcentajes se refieren a un promedio de la genética de cada argentino, no a que un grupo sea africano y otro no lo sea. No es que entre el 2% y el 5% de los argentinos descienda de africanos: significa que, en promedio, todos los argentinos tenemos entre un 2% y un 5% de ascendencia africana, aunque no lo creas, aunque no aparezca en las fotos, aunque tu familia no lo sepa. Cada persona lleva, simultáneamente, fracciones de los tres componentes, en proporciones que varían según su historia familiar y su región, pero que casi nunca son cero. Un estudio de Avena y colegas (2012) sobre población argentina mostró algo revelador al respecto: incluso entre quienes declararon que sus cuatro abuelos habían nacido en Europa —el caso más "blanco" posible según el propio relato familiar—, la ancestría europea promedio detectada genéticamente fue del 91%, no del 100%. Es decir, ni siquiera la genealogía más orgullosamente europea que una familia argentina puede reconstruir alcanza, en el laboratorio, la pureza que cree tener; y eso es apenas el promedio, con muchos casos por debajo. Decidir quién forma parte y quién no de la identidad familiar también es, en el fondo, una expresión histórica de racismo.
¿Por qué esa huella africana pesa más en algunas regiones que en otras? La respuesta es portuaria y demográfica. Buenos Aires y Córdoba fueron los grandes puntos de entrada y redistribución de personas esclavizadas durante la colonia —Córdoba llegó a tener, hacia 1770, una población afrodescendiente cercana al 40%; Buenos Aires, hacia 1810, cerca del 30%—, porque desde ahí se abastecía de mano de obra forzada a las minas de Potosí, en el Alto Perú. Pero no hay que confundir "punto de entrada" con "principal fuente de trabajo esclavo": en gran parte del territorio que hoy es Argentina, sobre todo en el interior andino, la mano de obra forzada durante la colonia fue mayoritariamente nativa, sometida a sistemas como la mita y la encomienda, no importada desde África. Esto también fue, sin eufemismos, un sistema esclavista: guerras, enfermedades y trabajos forzados diezmaron a las poblaciones originarias, y la explotación colonial reubicó por la fuerza a comunidades enteras. La trata transatlántica y la explotación indígena fueron dos caras del mismo proyecto, ejecutado con la misma lógica que las potencias europeas inventaron y exportaron: la idea de razas "superiores" e "inferiores" fue, precisamente, la herramienta ideológica que permitió justificar el tráfico de cuerpos, vidas y riquezas en ambos continentes a la vez. La comparación con Brasil que tanto circula en redes, además, es engañosa sin contexto: Brasil recibió entre 4 y 5 millones de personas esclavizadas desde África; el Río de la Plata, entre 70.000 y 200.000 en todo el período colonial, una fracción marginal explicada por un puerto oficialmente cerrado, abastecido por contrabando y mucho más lejos de las rutas africanas que la costa brasileña. A esto se suma que Argentina abolió la esclavitud temprano para la región —libertad de vientres en 1813, abolición definitiva en 1853, treinta y cinco años antes que Brasil (1888)— y que Uruguay, al abolir en 1842, atrajo a buena parte de la población afrorrioplatense hacia el otro lado del río.
Entonces, ¿qué hay de la ausencia de jugadores negros en la Selección? Históricamente tuvimos jugadores negros —incluso cuando otros países todavía no los dejaban jugar en sus selecciones— y hace unos días debutó en la Sub-17 el que esperamos sea nuestra próxima estrella futbolística, Kiki —sin presiones—. Confundir ausencia fenotípica con ausencia genética es seguir jugando el mismo juego de mirar solo el color de piel para decidir quién "cuenta" en la historia de un país.
Las razas no existen: existe el dispositivo que armaron con ellas
Vale detenerse en algo que este debate da por sentado: la existencia misma de "razas" humanas discretas —blanca, negra, india— cuyas variantes genéticas se podrían combinar como quien mezcla colores de pintura. La genética de poblaciones dejó de usar ese concepto hace décadas, no por corrección política sino por evidencia: la diferencia genética entre individuos de una misma población suele ser mayor que la diferencia entre poblaciones de distintos continentes. Como especie, compartimos cerca del 99,9% del genoma. No existen fronteras biológicas entre los seres humanos, sino gradientes continuos de variación geográfica y un ADN profundamente entrelazado a lo largo de la historia. Por eso, estudios como el de Luisi et al. hablan de componentes de ancestría y no de razas: se trata de hilos genéticos que remiten a una historia demográfica particular y viajera, jamás a compartimentos biológicos cerrados. "Raza" aplicada a humanos no describe una realidad de nuestra naturaleza: describe una clasificación social construida para justificar jerarquías de poder.
El racismo argentino real no es negro, es marrón (y no somos los únicos pecadores)
Dicho todo lo anterior, no hay que negar una verdad evidente: Argentina tiene un problema serio de racismo. El racismo argentino que persiste, cotidiano y estructural, apunta hacia adentro: hacia el rasgo indígena, hacia lo "marrón", hacia el "cabecita negra" que no es negro en absoluto sino, genéticamente, mucho más nativo americano de lo que su propio país alguna vez quiso admitir. El mismo Estado que en 1895 se soñaba una futura "raza blanca" llevó adelante, entre 1876 y 1917, campañas militares de exterminio y desplazamiento de comunidades originarias bajo el eufemismo de "conquista del desierto" —un desierto poblado—, y llegó a declarar regiones enteras "libres de indios" a mediados del siglo XX, no porque esa ascendencia hubiera desaparecido biológicamente —no lo hizo, el ADN lo demuestra en cualquier muestra de cualquier provincia—, sino porque fue culturalmente aniquilada e invisibilizada hasta convertir el reconocerse indígena en motivo de vergüenza. Ese es el racismo que no vamos a resolver hasta ser autocríticos: no es un genocidio de futbolistas negros que nunca existieron, es la incomodidad con el propio apellido cuando no suena europeo, la broma sobre el "boliviano" o el "paragua", o la burla hacia los acentos del norte —de Jujuy a Misiones— "porque no hablan como argentinos".
Y no estamos solos en esto. Nuestros hermanos latinoamericanos —de México a Perú, de Bolivia a Colombia— conviven con la misma jerarquía racial heredada de la colonia: sociedades donde "mejorar la raza" sigue significando, sin excepción, aclarar la piel. Y ni hablar de quienes inventaron el sistema completo, fueron las potencias europeas las que triangularon el comercio de personas esclavizadas durante casi cuatro siglos y fabricaron el aparato "científico" del racismo del XIX para justificarlo. Que hoy esas mismas potencias —o sus herederos culturales— aparezcan enjuiciando a la Argentina como el gran país racista, como si ellas no cargaran el mismo pecado -con el agravante de ser quienes inventaron el sistema-, y como si nosotros no fuéramos, ante sus ojos, apenas un país sudaca y tercermundista más al que señalar desde arriba, no es solo irónico: es la misma jerarquía colonial operando en formato de escrache.
No, no somos más racistas que Brasil o México, y es ridículo compararnos con Inglaterra o España. Todos somos hijos de un mismo sistema global de jerarquía racial que ninguno abolió por decreto individual. Pero que no podamos escapar del sistema no significa que no podamos hacer nada. El primer paso es volvernos conscientes de qué estructuras representamos: que ese "no tenemos negros" esconde una historia de invisibilización deliberada, que la piel clara convive en el propio ADN con un linaje materno indígena que la familia decidió no nombrar, que el país que se jacta de no discriminar sigue teniendo chistes enteros sobre el acento boliviano o paraguayo que nadie cuestiona en la sobremesa. El segundo paso, opcional, es empezar por lo más chico: el chiste que ya no se cuenta, la risa que ya no se regala, la frase que se corrige antes de terminar de decirla. "Negro de mierda" no es solo una mala palabra: es la punta visible de una genealogía completa. No vamos a resolver quinientos años de historia con eso, pero es, sin exagerar, el único lugar donde el cambio empieza.
Para quien quiera profundizar: Luisi et al. (2020), "Análisis genómicos a escala fina de individuos mestizos revelan componentes de ancestría genética no reconocidos en la Argentina", PLoS ONE; Resano y Moral (2018), "Mestizaje genético en las poblaciones humanas actuales de Argentina", Antropo; Carnese (2019), "Mestizaje y mestizo", capítulo 1; Lea Geler, entrevista en Página/12 (2017); Magdalena Candioti, "Una historia de la emancipación negra".